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AUNQUE ME LLEVEN AL INFIERNO.

 In Relatos

Sombras y luces. Alegrías y tristezas. Verdades y mentiras: Contrastes estos con los que tenemos que lidiar cada día en nuestros trabajos, nuestras escuelas, nuestras casas y, como no…, por pequeñas e insulsas que estas sean, en nuestras vidas personales. Como norma es una vida monótona cargada de sinsabores y cotidiana donde todo se prevé, donde todo transcurre con normalidad hasta que, de pronto, viene un sobresalto y te la cambia por completo. Desgraciadamente. Y ese es el caso de Charlie. Nadie sospechaba lo que le iba a ocurrir a Leo. Nadie se imaginaba que iba a morir. A morir haciendo su trabajo como en un día cualquiera.

 

Charlie —que así le llamaban sus colegas de profesión—, hasta la fecha era lo que se puede llamar un “hombre tranquilo”. A pesar de medir casi metro ochenta, tener la fuerza de un oso y una excelente preparación en artes marciales, era un tipo bonachón¸ amigo de sus amigos y en absoluto una persona violenta. Pero, como bien he dicho: Hasta la fecha.

De profesión detective privado y director de su propia agencia, en esos momentos trabajaba en un caso de espionaje industrial. Su misión era la de controlar al ingeniero de un laboratorio farmacéutico sospechoso de copiar fórmulas secretas y pasárselas a la competencia, supuestamente bajo un pago muy alto (cosa algo frecuente en ese tipo de negocios por ser algo muy lucrativo y fácil de encontrar a firmas interesadas en ello). El asunto, a priori, no parecía demasiado complicado. Lo único que se tenía que hacer era seguir a ese trabajador desde que terminase su jornada laboral y, a partir de ahí, averiguar cuáles eran sus contactos. La parte más complicada consistía en dilucidar qué pintaba cada una de esas personas con las que se pudiera reunir —si se diera el caso— y en averiguar la relación en cuanto a lo que se tenía que descubrir.

En la reunión que mantuvo el detective con la empresa, además de todos los detalles sobre sus horarios de trabajo, su domicilio, el vehículo que utilizaba, una fotografía y un par de detalles particulares sobre su forma de ser, Charlie argumentó cuáles iban a ser sus procedimientos y condiciones; cosa que dejó algo perplejos a sus contratantes. Estos pensaban que, con esperar a que saliese, y después seguirle, estaría todo solucionado. Pero no era así. De ahí que se viera en la obligación de explicarles las dificultades que ese trabajo comportaba y aclarar que, en el caso de que se pudiese ver con alguien, fuesen estos pocos o muchos, a partir de esos encuentros sería cuando se debería determinar quién era cada una de esas personas, a qué se dedicaba, dónde trabajaba, cuál era la finalidad del encuentro, de qué hablaban, y un sinfín de etcéteras. Al atender a semejantes explicaciones, tanto el dueño del laboratorio (presidente del grupo farmacéutico), como el resto de personas que estuvieron en la reunión, se mostraron estupefactos por darse cuenta que no iba a ser tan fácil como ellos a priori habían pensado. Por suerte, entendieron la naturaleza del asunto y su complejidad —Es lo que tiene haber visto demasiadas películas del CSI, ahí todo se soluciona por arte de birlibirloque—. Una vez apreciaron el grado de experiencia del profesional que tenían ante ellos, firmaron el contrato de servicios que por costumbre Charlie solía cumplimentar.

 

 

Ahora lo recuerdas como si fuese hoy mismo. Caminabas mientras hacías unas de esas gestiones diarias buscando información para tus asuntos profesionales. Y lo hacías pisando los pies de tu propia sombra. Una figura triste y alargada frente a ti que, sin despegarse, emulaba tus gestos sin disimulo alguno. Formas abstractas y variables que de alguna manera te ayudaban mentalmente a montar ese “Tetris” con el que, pieza a pieza, conseguías las ideas para dar las correspondientes órdenes a tu personal en aquella investigación en la que ya llevabais varios días. Concentrado en ello no escuchabas los ruidos de la calle. No veías la gente con la que te cruzabas ni los coches que se habían detenido en el paso de peatones para dejarte pasar mientras tú, inmerso en tus esquemas operativos, dictabas las decisiones tomadas para que se ejecutara lo que creías como oportuno y obtener una resolución inmediata para concluirlo lo más rápido posible.

Todo estaba yendo como esperabas: datos, vídeos, fotos, grabaciones e informaciones que metidas en tu cabeza, como si se tratara de una hormigonera, daban mil vueltas hasta conseguir sacar las pertinentes conclusiones. Todo iba como era habitual hasta que… el desaliento de aquella llamada te heló el alma. Luces que no veías ahora te cegaban, sonidos apagados ahora te ensordecían. El aire no llegaba a tus pulmones y el corazón no latía en tu pecho. Un sudor frío empezó a correr por tu frente como gotas de roció en una mañana de escarcha. «¿Qué pasa Leo?». Contestaste de inmediato al descolgar sabiendo que, de llamarte, era porque pasaba algo. Fue ahí cuando recibiste la alarma que te zumbó como si el badajo de una campana golpease tus sienes por dentro.

—¿Cómo ha ido eso? —continuaste preguntando sin tregua. Interesado en saber a toda prisa qué le ocurría.

—Jefe. Me siguen.

No hubo más palabras que esas dichas con angustia por Leo. Nada que te aclarase lo que le estaba ocurriendo. Pero, experto como eres, sabías que no era nada halagüeño. Te costaba respirar, te sentías agotado. Caminabas de manera torpe sin ni siquiera saber hacia dónde te llevaban tus cansados pasos.

—¿Qué me dices? Cuéntame —preguntaste esperando que la noticia no fuera tan alarmante como intuías.

—¡Me están siguiendo! —te respondió tu pupilo con resuello. Asustado. Temeroso de algo que desconocía por extraño.

Imaginabas la escena de tu amigo sufriendo por algo que entonces desconocías pero que imaginabas tan trágico como el sufrir de una tortura.

—¿Dónde estás? ¿Quiénes son?…

—No lo sé. Me he dado cuenta cuando iba detrás del químico. Lo he estado siguiendo hasta que, después de hacer varias cosas raras, y pararse de golpe frente a una nave abandonada, he visto que otro coche también se ha parado detrás del mío.

—¡Vete! ¡Márchate! Sal de ahí ahora mismo ¡Abandona! —Le dijiste sin dar crédito a lo que estabas escuchando y queriendo darte prisa en ordenarle lo que para ti era urgente. Vital.

—No puedo jefe. Estoy en un pasaje sin salida y el químico está dentro de su coche. Sin bajarse. En el otro coche hay otro tío y me bloquea la salida hacia atrás ¿Qué hago?

Ahora recuerdas amargamente que la angustia de Leo se sumaba a tu impotencia. Te hubiera gustado cambiarte por él en aquel mismo instante. Pero eso no era posible. Y temías lo peor.

—¡Leoooooo! ­—gritaste desesperado creyendo darle la única solución que entendías posible—. Revienta tu coche contra el de él. ¡Sal de ahí…! ¡Por Dios, sal como sea! —Tratabas de explicarle cuando, de repente, escuchaste el angustioso silencio de la llamada cortada.

Nunca te había parecido tan desesperante perder la conexión del teléfono. Varias llamadas fueron las que de inmediato volviste a hacer cual tiempo que se esfuma y crees perdido. Sin embargo, tu teléfono, aliado con ese desespero angustioso, te daba por respuesta el mismo tono que si te estuvieras llamando a ti mismo. Lágrimas y nervios te bloqueaban mientras clavabas la vista en la pantalla intentando averiguar si realmente estabas marcando el número de tu amigo. Y de nuevo, esa horripilante angustia. Esa que como un lobo te mordía el alma y te robaba el sentido común. Tu sudor corría por la espalda. Por dentro de la camisa. Arrastrando con él ese fuego abrasador de un disgusto insoportable. Las sombras de los edificios caían sobre ti como fantasmas que te anunciaban un mal presagio. Tiempos pretéritos se agolpaban en tu mente recordando tragedias antes vividas y jamás borradas. Historias que hacía tiempo que habías dejado encerradas en el fondo del cajón de tus agonías. Secuencias de un pasado que, como en diapositivas, afloraban de nuevo ante ti atormentando la paz conseguida tras años de visitas al psicólogo. El miedo de aquellas noches de insomnio en las que los muertos del Hipercor venían a los pies de tu cama y en las que te aparecían, como fatal recuerdo, las dos niñas bajo los escombros del Cuartel de Zaragoza y todos esos espectros que habían abandonado la celda donde los guardaste y que te caían encima aplastando toda tu fragilidad. Pero ahí era diferente, en esos momentos eran tus piernas las que no resistían tu propio peso; haciéndote creer que de un momento a otro ibas a perder el equilibrio. Y de pronto… Todo se convirtió en negro. Como en una película. Y todo empezó a verse en cámara lenta. Sin nada que pudieras hacer. Sin nada que supieses hacer.

 

 

Para el resto de los mortales, todo había continuado más o menos de la forma habitual. Incluso para tus clientes, que consiguieron despedir a su empleado gracias al haberse demostrado con tu informe esa fuga de información. Asunto ese por lo que le costó verse inmerso en un proceso penal del que tuvo que defenderse de un delito para no entrar en prisión. Pero no fue por lo que tú sabías que él debía pagar. Para todos siguió la vida igual menos para ti, que te lamentas cada minuto de no haber podido demostrar que fue un asesinato. Por eso no duermes. No descansas. Enterrando cada noche la cabeza en la almohada tratando de ver la forma de demostrar lo que tú sabes que pasó. Lo que nadie creyó por razones y explicaciones falsas difuminadas por una coartada inventada con la que pudo eludir la responsabilidad de haber cometido un asesinato: El asesinato de tu amigo. Sin embargo, tú no dejaste de buscar hasta desenterrar la verdad. No puedes llevar el peso de la muerte de Leo. No soportas el sufrimiento de esa mujer que ahora llora explicándole a su hijo, que su papá murió haciendo el trabajo que amaba. Una mujer que cada noche se acuesta acariciando al hijo que lleva dentro. Al hijo que su padre no verá nacer. Una viuda que cobrará la mísera y falsa paga de un marido que dicen que murió en un accidente de tráfico. Te escuece esa herida que no se cicatriza porque no puedes tolerar que tu amigo esté muerto y los responsables deambulen impunes. Padeces y te lamentas por no resistir el peso de esa losa que te arrebata una existencia cargada de culpabilidad.

Aun repasas mil veces el atestado policial que, de manera ilícita, has obtenido de aquella inútil investigación.  A la memoria te viene cómo lo habría vivido Leo intentando, sin remedio, huir de la muerte. Como piedras en el cauce del río que ven pasar un agua que nunca más las volverá a mojar. Y lees incrédulo la versión de que el químico al que investigabais estaba en otro sitio a esa hora. Versión que te afecta porque, lamentablemente, tú mismo has comprobado como cierta por ser una coartada perfecta. Te come tu yo más profundo el pensar que en ese momento te necesitaba y que tú no estabas allí para socorrerle. Y te duele porque tu consejo de huir no le valió; probablemente por ni siquiera haber llegado a oírlo. Y allí, delante de este atestado indigno, sigues leyendo que tu amigo fue encontrado con el cráneo reventado contra el volante de su coche al haberse estampado contra un árbol en un camino vecinal. Repasas todas esas mentiras que ellos han puesto sin impunidad alguna. Atribuyéndose ser garantes de una verdad que tú no has podido demostrar como falsa por errónea. Te reconcome el no conocer la forma con la que demostrar que no fue así. Algo de lo que tú, solo tú, conoces el modo. El cómo.

 

 

Dos largos meses fueron los que le costaron a Charlie averiguar ciertas cosas de interés crucial. Ese tiempo en el que estuvo totalmente apartado de los cotidianos trabajos de su agencia. Como un anacoreta se encerró en un mundo que, aunque activo, a él le parecía abstracto y trémulo. Un tiempo en el que se volcó en una sola cosa: en averiguar todo lo posible para que se volviese a reabrir lo que un juez, guiado por las pocas y malas pruebas existentes, lo archivó sin escrúpulo alguno. Un tiempo invertido exclusivamente para Leo. Para traer la verdad costase lo que costase. Incluso poniendo su vida y su libertad en juego. Un precio muy alto, pero que le valía la pena pagar.

 

 

—¿Cómo te va? —escuchó la voz que esperaba. La que ansiaba oír. La voz del que apareció como en otras tantas ocasiones. Como una sombra en la noche.

—Me alegro de verte —contestó Charlie haciendo el ademán inútil de levantarse para saludarlo. Aquella mano en su hombro se lo impidió.

Monty dejó La Vanguardia y, al tiempo que se sentaba, alzó el brazo para que el camarero se acercara hasta la mesa de aquella terraza y le pudiese pedir un té verde con dos sobres de azúcar y una rodaja de limón. Su aspecto seguía siendo el mismo. Como si no hubiesen transcurridos aquellos casi cinco años desde la última vez en que se vieron. Su perilla entrecana y sus redondas gafas sin montura, Christian Dior, le daban ese toque de profesor universitario que acreditaba con su elegancia al vestir de esa forma tan peculiar.

—Hace mejor tiempo que en la capital. Me voy a tener que venir a vivir aquí los últimos días de mi vida. Echo de menos no tener este clima… y el mar. Te envidio —abrió los dos sobres de azúcar a la vez y derramó su contenido en la taza. Mientras lo removía alzó la vista para dirigirse de nuevo a un Charlie que callado le observaba recordando tantos trabajos juntos. Tantos secretos. Tantos riesgos— ¿Cómo lo llevas? —Removiendo el té.

—Muchas gracias, hermano —contestó con una mirada tensa y cansada con lo que dejaba suficientemente claro su estado de ánimo.

—Está todo. Llevarás cuidado, ¿verdad?

Solo los gestos daban respuesta a las preguntas. Muecas y miradas que flotaban en el aire para acabar desapareciendo como una cortina de humo en un día de viento.

—Me dijiste que no podrías a quedarte a dormir.

—Cierto. No podré. En el G8 hay movida. Parece ser que el último que se incorporó al grupo está removiendo las aguas. Vamos a ver qué podemos averiguar por allí. Ya me gustaría quedarme y cenar contigo, pero… —Un apretón de manos fue lo único que definía una cálida despedida a ese encuentro para nada singular ni casual. Todo lo contrario.

—Gracias —dijo Charlie abriendo con disimulo La Vanguardia y cogiendo el pendrive—. No olvides ponerte la shapka-ushanka.

Y desapareció igual que había acudido.

 

 

Sobre la mesa, en esa en la que llevas dos meses tratando de recopilar detalles que aportar a tu forzada ofuscación, como si estuvieses montando un puzle, tienes varias fotografías y el vídeo de la reunión que aquel día tuvo el maldito químico. De la reunión que mantuvo con un cliente demostrando no haber estado en aquel pasaje. Demasiadas evidencias para ser un encuentro impensado. Eso creíste y sigues creyendo, pero nadie lo vio igual que tú. A tu derecha, en la misma mesa, la pantalla de tu ordenador en la que, un regalo en forma lápiz de memoria, te muestra un montón de archivos en los que se te abre un cielo que había parecido cerrarse para siempre por unas nubes tan negras como un desconsuelo. Cientos de datos que te indican y demuestran que no fue al químico a quién siguió Leo, sino a un cebo. Ahora sabes lo que ocurrió. Charlie, ahora sabes que a tu amigo le descubrieron y le prepararon una trampa que picó cual ratón a un queso. Por fin has podido saber con quién contactó el malnacido del químico al que investigabais y quién le informó de que estaba siendo vigilado. Ahora sabes a quiénes se les encargó el trabajo y quién ordenó su ejecución. La trazabilidad de todos esos móviles te ha dado toda esa  información. La respuesta a lo que tú ya sabías. Información que podría haberse hecho oficialmente pero que, por culpa de nuestro sistema, infinidad de asuntos quedan sin resolver. Nuestras leyes amparan a los criminales y tú ahora te vas a aprovechar de ellas para hacer justicia. Normas escritas que hacen que los jueces no permitan poder encontrar evidencias que se saben dónde están. Preceptos que se interponen en la búsqueda de la realidad vulnerando la posibilidad de esclarecer tantos y tantos delitos. Como en tantas ocasiones has comprobado. Pero ahora no van a ser ellos los que puedan ver lo que tú ya conoces. Porque al haberlo obtenido de esa forma ilícita, aunque se la realidad verdadera, y la única forma de demostrarlo, no sirven. La verdad no pesa lo mismo que la mentira en la balanza de la justicia y te das cuenta que es tan ciega como se muestra. Ahora tú eres la Ley y te acogerás a esas mismas formas de interpretarla. Cientos de llamadas, conversaciones telefónicas, mensajes de todo tipo, números de teléfono, direcciones, nombres, todo… absolutamente todo lo tienes delante de ti. Ahora ya sabes cómo y quién. Ahora sabes qué se puede hacer. Y lo harás.

 

 

La vida de Charlie por fin volvió a ser monótona. Volvió a llevar sus casos de investigación como siempre antes lo había estado haciendo. Su obsesión había desaparecido. Se había disipado como lo hacen las crestas de espuma de las olas al llegar a la playa. Aquella inquietud de dos meses atrás se mutó por un solo interés. El leer la sección de sucesos de El Periódico donde poco a poco aparecieron las cuatro noticias que esperaba con ansia: «14 de julio: Aparece en la playa de Cubelles el pescador que dos días antes cayó al agua tras golpearse en una de las rocas donde estaba pescando la madrugada del sábado en uno de los espigones del mismo Cubelles». «13 de septiembre: El portero de un conocido club de alterne de la capital catalana, es encontrado, muerto por sobredosis de heroína, en el interior de su coche». «15 de octubre: Encuentran muerto, en la montaña del Montseny, a una persona que se despeñó por un barranco mientras buscaba setas. «23 de noviembre: El presidente de uno de los mayores laboratorios de Barcelona es hallado, en su propia casa de Puigcerdá, flotando en la piscina climatizada».

 

 

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