La mañana de 13 de febrero de 2012 Carolina apareció muerta en su domicilio. El informe de la autopsia señalaba que su muerte se había producido por un fuerte golpe en la cabeza, supuestamente por el impacto de algo contundente que le llevó a la pérdida de conocimiento y a la consiguiente pérdida de sangre; lo cual fue lo que acabó produciéndole la muerte. Las diligencias policiales realizadas con el exhaustivo y profundo empeño con el que acostumbra a trabajar el grupo de homicidios de la policía autonómica que llevó el caso, no hicieron más que ayudar al juez para que, de momento, se archivara el caso por entender que fue producido por un lamentable “accidente”.
Tras el encargo, por parte de la familia, en esclarecer el caso, Ezequiel tuvo acceso a lo que contenía el sumario sobre la muerte de Carolina Blas López, soltera, de 25 años, contable de la empresa Inversiones Solventes S. A. y con domicilio en el número 1 de la calle Felicidad, de la localidad de Sitges, una pequeña casita donde residía sola desde hacía más de dos años.
Después de varios días tomando notas, no encontró ningún motivo por el que Carolina tuviera un interés especial por haberse suicidado y no la creía tan torpe como para que las cosas hubiesen pasado como parecían que habían sucedido. Las pastillas que su seguramente su psicóloga le había recetado, tras la rotura con Mario, ya no las tomaba. Aunque, al parecer, sin causa justificada, aun las guardaba en un cajón. En aquellos locales que Carolina solía frecuentar le aseguraron que ella nunca consumía alcohol. Sólo tomaba té. Los tickets de los supermercados -donde solía comprar-, y las mismas dependientas, le indicaron que jamás había comprado ningún tipo de bebida alcohólica. Toda esa información le hizo deducir que ese accidente no era causado por ingesta de alcohol, pastillas o sustancias que le hubieran hecho sufrir ese tipo de accidente y sus consecuencias.
Nadie de su entorno podía creer lo del suicidio, pero tampoco nada demostraba lo contrario.
Ezequiel volvió a interrogar a todas las personas y todas ellas volvieron a declarar lo mismo que habían manifestado en su momento ante la policía. Todas excepto Juanjo; un compañero que trabajaba con ella en el departamento de administración. De Juanjo constaba en su declaración que se llevaba muy bien con Carolina, que nunca había notado que estuviese deprimida, que no tenía conocimiento de que le hubiera estado amenazando nadie ni que hubiera recibido algún tipo de llamadas ni mensajes. También había declarado que no sabía que tuviera algún tipo de relación con alguien. Pero en esa declaración había algo extraño y que a Ezequiel le llamó en exceso la atención. Algo que hizo que saltase la alarma de su sentido detectivesco, como si hubieran hecho sonar la alarma de una central nuclear: Juanjo, según constaba en aquella declaración, añadía que, en un par de ocasiones, había visto a Carolina hablando en la calle, a la salida del trabajo, con Raúl, un chico que trabajaba en el departamento de I+D+I (Investigación, desarrollo e innovación) de la misma empresa. Y sin embargo, no encontró nada sobre ello en la declaración del tal Raúl. Este, a preguntas de los que instruyeron el atestado, explicó que no tenía ninguna relación con Carolina, salvo la estrictamente habitual al trabajar en la misma empresa, pero que eso no pasaba del respetuoso saludo de hola y adiós y que nunca habían cruzado más palabras que esas. No había más preguntas. Al parecer los policías no lo creyeron oportuno.
Al no constar ninguna pregunta más a ese tal Juanjo, y en su criterio, al creer que habría sido necesario porque para él faltaban cosas por averiguar, decidió ponerse de inmediato en contacto con ese tal Raúl y le pidió una entrevista. Pero antes haría lo mismo con Juanjo, el compañero de Carolina que, además de repetir lo mismo que ya había declarado, a las insistentes preguntas de Ezequiel, sobre el asunto de ese chico llamado Raúl, recordó que incluso un día, sobre la mesa de Carolina, vio que ella en su agenda tenía anotada una cita ese Raúl. Y esa era una información que haría que la investigación tomase un importante giro.
Cuando Raúl recibió la llamada de Ezequiel, se extrañó muchísimo, pero terminó aceptando en verse y quedaron en tomarse algo en un restaurante cerca de su domicilio a pesar que Raúl le aclaró que ya había dicho todo lo que sabía y que no tenía nada más que aportar.
Independientemente de ello, antes de verse con Raúl, Ezequiel hizo un par de gestiones que creían que eran interesantes y necesarias hacer previamente. Las cosas de Ezequiel.
En la cita, el detective le volvió a hacer las mismas preguntas y Raúl volvió a repetir lo mismo que les había dicho a aquellos policías. Sin embargo, Ezequiel fue mucho más allá y trató de sonsacarle algo más información. Raúl era una persona entrado en años, aunque su aspecto engañaba. Su edad rondaría entre los 45 y 50 años. Sin embargo, resultaba difícil poderla definir con exactitud dado a que se esforzaba en aparentar no haber alcanzado los 40. Su aspecto físico y su vestimenta, de corte más bien moderno, contribuía bastante a ello. En cambio, su manera de comportarse le delataba. Se trataba de un hombre misterioso, con cierta desconfianza al hablar. Como si guardase algo. Y eso era lo primero que el detective notó en él. Y en aquel momento y situación no correspondía comportarse así. Se mostró muy distante a cada una de las preguntas. Se había esmerado en que nadie supiese de esa relación con Carolina, y se sorprendió cuando Ezequiel le preguntó a qué restaurante solía ir cuando quedaba en verse con Carolina.
Ezequiel vio en el tipo que tenía delante que su mirada se había congelado. El detective jugaba con ventaja por la información que Juanjo le había dado sobre aquella nota que vio en la agenda de Carolina sobre lo de haber quedado para ir a cenar con él. En esa agenda había podido leer: «el jueves, 10 de mayo, a las 21:00 horas, en el restaurante “La Buonna Forquetta”, con Raúl de I+D+I. Perplejo y sin saber cómo escapar de aquella encerrona, Raúl trató de salir del paso explicándole que la invitó ese día para ir a cenar, nada más, pero que, al final ella no acudió. Reconoció que Carolina le gustaba y que trató de ligar con ella, pero, como no lo consiguió, desistió. Tras esa explicación, Ezequiel fundiéndole con la mirada, añadió:
—¿Cuántas veces has ido a cenar con ella?
—¡Ninguna! —Contestó alzando ligeramente la voz sin poderse reprimir— Ya le he dicho que no aceptó. —Dijo ya en un tono más controlado.
El intento de escabullirse fue inútil. Ezequiel, antes de acudir allí, había hecho unas gestiones previas y una de ellas fue acudir a ese restaurante e informarse que ambos habían cenado juntos en tres ocasiones durante los últimos quince días. Ahora Ezequiel sabía que se encontraba delante de una persona que por algún motivo trataba de ocultarle la relación con Carolina. Aun así, desconocía el porqué. Debía de ser cauto y cuidar las preguntas para obtener respuestas incriminatorias, pero sabía que, de errar, perdería toda oportunidad. Si fallaba, su oponente le respondería con evasivas y ya no podría atraparlo. Lo que estaba haciendo era fuera de lo puramente oficial y era consciente que tenía que utilizar una buena estrategia y sus mejores dotes de interrogatorio si lo que pretendía era desmontar su ensayada coartada y poder vincularlo con el asesinato de Carolina.
Ezequiel veía creíble lo de que quisiera ligar con ella, aunque Carolina era mucho más joven que él. Incluso veía a un hombre capaz de no creerse con tanta diferencia de edad y poder conseguir que ella no pusiera pegas. No llevaba anillo y eso indicaba, en gran parte, que se trataba de un soltero o separado, o que lo quería hacer creer. Se le veía una persona pulcra e inteligente. Sus manos eran pequeñas pero fuertes, así lo observó en el momento en que se presentaron —Además del nerviosismo, que aunque se liberó rápido, el detective llegó a percatarse de que le sudaban en exceso—. Sus uñas estaban perfectamente cuidadas y evidenciaban esa pulcritud, pero su mirada no era la de un hombre sincero. Sus gafas redondas, a su juicio demasiado pequeñas para su rostro, le daban un toque ligeramente intelectual. Bajo ellas, mostraba unos pequeños y avispados ojos que examinaban constantemente los de Ezequiel tratando de averiguar lo que pudiera conocer de aquella oculta relación o de sus intenciones.
En todo momento Raúl trató de evitar, sin conseguirlo, que el detective descubriese algo. A sus preguntas escurría el bulto con excusas y pretextos. Mientras estaba siendo interrogado, se mesaba su perilla y sin evitarlo dejaba constancia de un cierto nerviosismo. Su frente se arrugaba a cada pregunta comprometida revelando que sus respuestas mentían. Cada vez que entraba alguien donde ellos estaban tomando café, se giraba hacia la puerta. Temía algo y se mostraba desconfiado.
Durante el tiempo en que estuvieron juntos, Ezequiel lo llevó a las cuerdas como si de un combate de boxeo se tratase, lo arrastró al rincón y como si le hubiera soltado un uppercut directo a la mandíbula, trató de noquearlo con un farol que creía evidente tras el sutil interrogatorio.
—No hace falta que te andes por las ramas ¿Dónde está la agenda de Carolina? —terminó preguntándole para que se diera cuenta de qué iba aquello.
Como si le hubieran dado una descarga eléctrica, dio un pequeño respingo hacia atrás y antes de que dijera nada Ezequiel le aclaró los términos para que se diera cuenta de la situación en la qué se encontraba.
—Lo sé todo. Se lo que pretendías. Tú sabías que ella lo apuntaba todo en su agenda, incluso su contraseña y las veces que te habías reunido con ella. Hasta en el restaurante podrán asegurar eso —el tipo se echó hacia atrás y se apoyo desmoronado en el respaldo de su silla sintiéndose pillado. Ezequiel continuó sabiéndose vencedor en aquella batalla—. Estás a tiempo de poder confesar y que no cumplas una condena más larga de lo que realmente mereces por la muerte de Carolina.
—Yo solo pretendía… —puso los codos sobre la mesa y se echó las manos a la cara tapándosela por completo. Cuando recobró el aliento, y las fuerzas, continúo— …solo pretendía borrarlo todo para que no se detectase lo qué había hecho. Era muy fácil. La había convencido para quedar a cenar varias veces y coger confianza. Lo logré y conseguí subir a su apartamento para tomar una copa. Mientras ella fue al lavabo, aproveché para mirar en su agenda. La tenía allí, sobre el escritorio. Yo sabía que anotaba lacontraseña de su ordenador. Lo había conseguido averiguar durante esas cenas en las que conseguí convencerla. Me había dicho que la cambiaba cada semana por seguridad. Necesitaba saber cuál era y, desde Administración, acceder al programa y borrar el sistema para que no hubiese posibilidad de saber que se había copiado aquella información. Se habían enterado de que alguien había entrado al sistema y estaban tratando de averiguar desde dónde. Tenía que eliminar esa prueba y la única forma era fundir el sistema.
—¡Y te pilló! —dijo de forma rotunda y contundente l detective.
—¡Sí! —Contestó Raúl cerrando los ojos y mostrando un sincero pesar—. ¿Qué haces? Me pregunto a mí espalda y se abalanzó sobre mí quitándomela de las manos. No me dio tiempo a ver nada. Ella estaba al corriente de lo que estaba pasando y automáticamente sospechó qué era lo que intentaba hacer. Traté de explicárselo. Lo juro. Le expliqué que estaba en un lió. Pero no aceptó mis escusas y me echó. Me pidió que me largara. Le intenté quitar la agenda de las manos y se resistió, la empujé y se dio un golpe en una de las sillas —sus ojos se llenaron de lágrimas— Lo siento. De verdad, lo siento mucho. La toqué y no respiraba. Estaba muerta.
—¿Y qué hiciste luego? —preguntó Ezequiel interesado en saber qué había hecho a partir de ese momento. Necesitaba saber cómo lo habían declarado como un accidente.
—Fui a la cocina y de uno de los cajones saqué un delantal y se lo puse. Busqué limpiacristales y trapos y los llevé a comedor. Los puse de manera que pareciese que se había subido a una silla para limpiar la vitrina. Le saqué los zapatos y pisé con ellos la silla para que se notaran sus huellas de manera que pareciese que se había subido en ella para limpiar. Luego se los volví a poner. Lavé mi copa y la guardé para que no se pudiera saber que había estado con alguien.
Cuando terminó de sincerarse peguntó:
—¿Y ahora que puedo hacer? —su mirada mostraba un hombre arrepentido. Pero dentro había una persona asustada que había cometido un error y que fue creciendo como lo hace una bola de nieve bajando por la montaña y que al final se hace tan grande que no hay forma de ir atrás.
—Solo tienes una solución. Declarar lo que ocurrió y pedir arrepentimiento. Tendrás que pagar por lo hecho, pero te liberarás. Reconociéndolo no será el mismo castigo que negándote —El detective lo miró fijamente y volvió a ver en sus ojos la verdad de la mirada. Lo mismo que había conseguido ver en él que ocultaba algo, ahora veía que lamentaba lo sucedido y que estaba decidió a pagar las consecuencias—. Ahora me he de sincerar yo. —dijo Ezequiel.
El muchacho puso cara de desconcierto. Justo en ese momento entraban dos personas en el comedor del restaurante y se dirigieron hasta donde ellos estaban sentados.
—Son policías. Estaban escuchando fuera —dijo Ezequiel mostrando el micro que llevaba bajo la camisa—. Te tratarán bien. Solo has de prestar la declaración al igual que me has hecho a mí.
Raúl, los miró. Se puso de pie y dijo:
—¿Me van a poner las esposas?
—No. —Contestó el detective mirando a los policías —No creo que haga falta ¿verdad?
—¿Nos marchamos? —soltó uno de los policías poniéndole la mano en la espalda y saliendo con Raúl tras su otro compañero.
Mientras Raúl caminaba hacia la puerta, escoltado por aquellos dos policías, giró la cabeza y miró fijamente a Ezequiel, que se había quedado junto a la mesa en la que habían estado sentados.
—¡Gracias! No hubiera sabido llevarlo dentro.
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